martes, 10 de febrero de 2009

Traviesa maldad

A lo lejos, como un testigo indiferente, la redondez de la luna iluminaba el valle. Era una noche de esas que la gente con temor suele decir “con aire enrarecido”.

Yo extendía mis manos y sobrevolaba con desbordado entusiasmo ¡y no era para menos! Luego planeaba, luego en picada, experimentando el vértigo de sentirme libre.

Debajo de mí, aquel bullicio y esa funesta escena, con esas tumbas blanqueadas invadidas por la maleza y esos seres inertes que poco a poco despertaban. Unos sentados sobre las lápidas como recuperándose de su profundo sueño; otros apenas caminaban.

Ya nada me detenía: Volaba, revoloteaba y también gritaba. Lo hacía con tanto entusiasmo y era extraño, me espantaba la idea de espantarlos y el espanto lo sentía en mi vientre y se anudaba mi garganta.

Fui tan rápido y me alejé hasta las espesas copas de la arboleda y me sentí solo en la soledad de esa espesura y tuve miedo, tanto pero tanto miedo que se me erizó la piel. Entonces, me armé de valor y lo volví a desear y me impulsé aun más alto y regresé. Quería asustarlos, robar sus confundidas miradas y sus bocas entreabiertas. Estaba como poseído de una traviesa maldad no muy común en mí, más bien de aquellas comunes cosas que siempre deseas hacer sin hacerlas.

Por eso digo que ante la algarabía de esa noche, la luna parecía desentendida.

A fin de cuentas, los sepulcros no están tan blancos ni los muertos tan muertos. Ni yo vuelo tanto ni logro tan majestuosa hazaña. Solo hago lo que hago porque más ya no puedo hacer. Mi cuerpo ya no es mi cuerpo y ahora entiendo que nunca lo fue.

Los muertos, que por cierto no están tan muertos, siguen su vida aquí y yo que me creía tan vivo, me he dado cuenta que ni muriendo dejé de vivir.

Autor:
Luis Carlos Sánchez
Sobre algunos de mis sueños

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